Y lo obligó á sentarse en el sofá, junto á ella.

Tenía el rostro pálido y la mirada dura, como si aún estuviese conmovida por recientes y desagradables impresiones. La pelea de Pirovani y Canterac había pasado á segundo término en su memoria. Le molestaba más, haciéndola estremecerse de cólera, la imagen de Celinda con el látigo levantado.

Pero olvidó su rencor al ver que Ricardo acudía puntualmente, atendiendo el ruego que ella le había hecho al anochecer para que pasase la velada en su casa. Al notar que Watson miraba con inquietud las puertas del salón, creyó oportuno tranquilizarlo.

—Nadie vendrá. Mi marido está en su cuarto, quebrantado por una mala noticia que ha recibido de Europa… Una desgracia de familia que esperábamos hace tiempo; algo que en realidad no me interesa mucho.

Luego cambió de gesto y de voz, para continuar hablando.

—¡Cuánto agradezco que haya usted venido!… Temblaba ante la idea de pasar sola estas horas de la noche. ¡Me aburro tanto aquí!… Por eso le supliqué hoy, cuando nos separamos, que no me abandonase…

Y al decir esto tomó una mano de Watson, contemplándole al mismo tiempo con ojos acariciadores.

El joven se sintió halagado en su vanidad masculina por esta mirada, pero surgió en su memoria inmediatamente el recuerdo de lo ocurrido aquella tarde.

—¿Por qué han reñido esos dos hombres?… ¿Fué por usted?…

Quedó ella indecisa; y al fin, entornando los ojos, contestó con cierto abandono: