—Tal vez; pero yo los desprecio á los dos. Para mí sólo existe usted,
Ricardo.
Puso sus manos en los hombros de él, y al hacer esto, pareció estirarse con felina ondulación, aproximando su rostro.
—Sospecho—murmuró—que vamos á ir tal vez más allá de los límites de una simpatía amistosa. ¡Me interesa usted tanto!…
Excitados por la soledad, sentían ambos en su interior la audacia de un deseo vehemente. Iban á correr en breves minutos un camino que á él, en su inexperiencia, le había parecido siempre que exigiría larguísimas jornadas. Elena pensó en la amazona juvenil que había querido golpearla. Su vanidad ultrajada y el deseo de vengarse le hicieron adoptar mentalmente cínicas resoluciones, celebrándolas con una risa oculta que pareció reflejarse en sus ojos.
«Ya que eres celosa—pensaba—, debes serlo con motivo. Yo te devolveré el latigazo.»
Además, al recordar cómo aquellos dos hombres se habían golpeado en su presencia, sin que esto le causase profunda emoción, creyó, con un ilogismo propio de su cerebro desordenado, que el medio más seguro para restablecer la paz entre ambos era que ella se entregase á un tercero, más digno de su interés.
Watson, por su parte, consideraba á esta mujer más hermosa y apetecible después que dos hombres habían intentado matarse á causa de ella. Una sensación de orgullo varonil, de vanidad sexual, se mezclaba con las emociones que iban despertando en su interior las palabras de la Torrebianca y el contacto de su cuerpo.
Al descansar ella las manos sobre sus hombros, había acabado por juntarlas, y poco á poco el joven se sintió aprisionado por unos brazos adorables. Algo se reanimó en su pensamiento, como una llama moribunda que resucita. Creyó ver el rostro noble y triste de su compañero Torrebianca, é inmediatamente quiso hacer un movimiento negativo y echarse atrás, repeliendo á Elena… No podía traicionar á un camarada. Era innoble proceder así, estando bajo el mismo techo que el otro y separado de él solamente por unos tabiques. Luego se vió á sí mismo y vió á Celinda, cuando marchaban los dos alegremente por el campo. Quiso mover otra vez su cabeza negativamente y parpadeó con una expresión angustiosa, pretendiendo defenderse y teniendo al mismo tiempo la certidumbre de que le sería imposible.
«¡Pobrecita Flor de Río Negro!», pensó.
Los brazos que rodeaban su cuello le oprimieron dulcemente y tiraron de su cabeza, inclinándola poco á poco hacia el rostro femenil que avanzaba unos labios ávidos y audaces. Las dos bocas acabaron por unirse, y Ricardo pensó que ese beso iba á ser interminable.