—El señor de Canterac cree que debamos batirnos á muerte después de lo de esta tarde.

Ella, que sólo pensaba en Watson y estaba nerviosa por la presencia del hombre que lo había ahuyentado, hizo un leve gesto revelador de que la noticia no le interesaba. Luego procuró disimular su indiferencia, diciendo:

—No encuentro extraordinaria la proposición. Si yo fuese hombre, haría lo mismo que él.

Pirovani, que vacilaba hasta poco antes por creer disparatado el reto de Canterac, se levantó de su sillón con aire resuelto.

—Entonces—dijo—, si á usted le parece bien, no hay más que hablar. Me batiré con el francés y me batiré si es preciso con medio mundo, para que usted se convenza de que soy digno de su estimación.

Al hablar así había tomado una mano de Elena, pero esta mano le pareció tan blanda y muerta, que tuvo que soltarla, descorazonado. Ella hizo un gesto de cansancio mirando hacia el interior de la casa, donde estaba su marido. Este gesto indicó á Pirovani que debía marcharse, y el contratista se apresuró á obedecerla; pero mientras se dirigía hacia la puerta todavía la atormentó con palabras y gestos de enamorado que desea inspirar admiración por su heroísmo.

Cuando Elena se vió sola, llamó á gritos á Sebastiana. La mestiza tardó en presentarse. Había tenido que ir hasta la puerta de la calle, acompañando á su antiguo patrón.

—Vea si puede alcanzar al señor Watson—ordenó Elena apresuradamente—. No debe estar lejos; dígale que vuelva.

La mestiza sonrió, bajando sus ojos para decir con fingida simplicidad:

—No es fácil alcanzarlo. Salió disparado, como si huyese del demonio.