Al abandonar su antigua casa, se dirigió Pirovani á la de Robledo. Éste leía un libro apoyándolo en la lámpara de petróleo que ocupaba el centro de su mesa. Al ver entrar al contratista, le saludó con gestos y exclamaciones de reproche.
—Pero ¿qué ha sido eso?… Un hombre de su edad y de su carácter… ¡Ni que fuese usted un muchacho de quince años que se pelea por la novia!…
El italiano repelió con altivo ademán esta admonición, juzgándola tardía, y dijo solemnemente, como si le enorgulleciesen sus propias palabras:
—Me bato á muerte con el capitán Canterac, y vengo á buscarle para que usted y Moreno sean mis padrinos.
Prorrumpió Robledo en exclamaciones de escándalo, al mismo tiempo que levantaba las manos para hacer más patente su protesta.
—¿Usted cree que yo voy á mezclarme en sus disparates y á parecer tan falto de juicio como usted ó como el otro?…
Y siguió hablando contra la absurda petición de Pirovani, pero éste movía la cabeza con tenacidad haciendo signos negativos. Estaba resuelto á todo después de haber oído á Elena.
—Yo soy un hombre de origen humilde—dijo—, un hombre que sólo conoce el trabajo, y necesito demostrar que no le tengo miedo á ese señor acostumbrado al manejo de las armas.
Robledo se encogió de hombros al oir unas palabras que consideraba absurdas. Al fin se cansó de protestar en vano.
—Veo que es inútil querer infundirle un poco de sentido común… Bueno; accedo á representarle, pero con la condición de que será para arreglar el asunto lógicamente, evitando el duelo.