El contratista tomo una actitud caballeresca, como si acabase de recibir una ofensa.
—No; el duelo lo quiero á muerte. Yo no soy un cobarde ni he venido en busca de arreglos.
Luego expresó lo que verdaderamente pensaba.
—Aunque no he recibido una educación brillante, sé lo que hay que hacer en casos como el presente. Conozco, además, la opinión de personas muy altamente colocadas. Debo batirme, y me batiré.
Dijo esto con tal sinceridad, que Robledo pensó en Elena al oírle mencionar las «altas personas» que le habían aconsejado. Le miró con lástima, manifestando á continuación, de un modo brusco, que se negaba á apadrinarle.
Convencido Pirovani de que nada conseguiría, se despidió de él, dirigiéndose á la casa de Moreno.
Al día siguiente, en las primeras horas de la mañana, don Carlos Rojas recibió una visita. Estaba en la puerta del edificio principal de su estancia, cuando vió llegar á un jinete vestido como es de uso en las ciudades y sobre un caballejo que le hizo sonreir. Era el oficinista.
—¿Adónde va montado en ese mancarrón?… Eche pie á tierra. ¿No le parece que tomemos un mate, amigazo?…
Entraron los dos en aquella pieza que servía de salón y despacho á don Carlos, y mientras una criadita preparaba el mate, vió el oficinista por una puerta entreabierta á la hija de Rojas sentada en una butaca de mimbres, con aire pensativo y triste. Llevaba traje femenil, y al abandonar las ropas masculinas parecía haber perdido su audacia alegre de muchacho revoltoso.
La saludó Moreno desde el otro lado de la puerta, y ella contestó á su saludo melancólicamente.