—Ahí la tiene usted—dijo el padre—; parece otra. Cualquiera creería que está enferma. Son cosas de los pocos años.

Sonrió Celinda con indolencia, haciendo un signo negativo al oir la suposición de su enfermedad. Después abandonó aquella habitación, demasiado inmediata al despacho, para que los dos hombres pudieran hablar libremente.

Cuando hubieron tomado el primer mate, Rojas ofició un cigarro á
Moreno para que «pitase», y encendiendo el suyo se preparó á escuchar.

—¿Qué le trae por estos pagos, tinterillo?… Porque usted no es hombre de á caballo, y cuando echa una galopada debe ser por algo.

El oficinista, al que apodaba «tinterillo» el estanciero, siguió fumando con la calma de un oriental que considera conveniente excitar la curiosidad de su interlocutor antes de emprender la conversación.

—Usted, don Carlos—dijo al fin—, fué en su juventud hombre de armas. Me han contado que cuando vivía en Buenos Aires tuvo varios duelos por asuntos de hembras.

Miró Rojas á un lado y á otro, por si la niña andaba cerca y podía oírle. Luego sonrió con la vanidad que sienten los hombres entrados en años al recordar las audacias y desafueros de su juventud, y dijo con una falsa modestia:

—¡Bah! ¡Quién se acuerda de eso! Muchachadas, ché; cosas que se usaban entonces.

Creyó necesario Moreno hacer una larga pausa, y añadió:

—El ingeniero Canterac y el contratista Pirovani se batirán mañana en duelo… Pero el duelo es á muerte.