Don Carlos mostró sinceramente su estrañeza.

—¿Pero aún están de moda esas cosas?… ¡Y aquí! ¡en pleno desierto!

Moreno hizo gestos afirmativos y quedó silencioso. Calló también el estanciero, mirándolo interrogativamente. ¿Y qué tenía que ver él con todo esto?… ¿Acaso había hecho el viaje por el simple placer de darle tal noticia?…

—Canterac—dijo el oficinista—tiene por padrinos al marqués de Torrebianca y al gringo Watson. Como los dos son ingenieros, no pueden negar un servicio tan importante á un camarada.

A Rojas le pareció esto muy natural. Pero ¿qué podía importarle á él que los padrinos fuesen unos ó fuesen otros?

—Pirovani sólo cuenta conmigo—siguió diciendo Moreno—, y yo vengo á buscarle, don Carlos, para que me saque del apuro como hombre de armas, y sea también padrino del italiano.

Protestó el estanciero con vehemencia.

—¡Déjese de macanas, ché!… ¿Por qué voy á mezclarme en esos entreveros de las gentes del campamento, cuando todos son amigos míos? Además, ya estoy viejo para meterme en tales cosas y no quiero hacer un papelón.

Insistió Moreno, y durante algunos minutos discutieron los dos hombres. Al fin don Carlos pareció ablandarse seducido por el misterio que creía entrever en este duelo inesperado. Valiéndose de su condición de padrino, tal vez averiguaría cosas muy graciosas é interesantes.

—Bueno, ché; será como usted quiere. ¡Qué no me hará hacer este tinterillo!