Luego sonrió picarescamente, golpeando al oficinista en una pierna, al mismo tiempo que le preguntaba bajando la voz:

—¿Y por qué quieren matarse? ¿Cuestión de mujeres?… De seguro que anda de por medio esa marquesa que á toditos los trae locos.

Tomó Moreno una actitud misteriosa, al mismo tiempo que se llevaba un dedo á los labios para imponerle silencio.

—Prudencia, don Carlos. Piense que el marqués tratará con nosotros como padrino, y por ser experto en esto de los duelos tal vez dirija el combate.

El estanciero empezó á reir, dando nuevos golpes en las piernas de su amigo. Fué tal su risa, que en ciertos momentos se llevó una mano á la garganta como si temiera ahogarse.

—Pero ¡qué lindo, ché!… Y es el marido el que va á dirigir el desafio… Y los otros dos se pelean por su mujer… Pero ¡qué gringos tan sabrosos! Me gustará ver eso… ¡Cosa bárbara!

Luego añadió, serenándose:

—Sí que acepto el ser padrino. Eso vale más que una comedia en Buenos
Aires ó una de esas historias del biógrafo que traen loca á mi niña.

A media tarde, luego de haber almorzado en la estancia de Rojas, volvió Moreno á la Presa y echó pie á tierra frente á la antigua casa de Pirovani.

Torrebianca se paseaba por la habitación que le servía de despacho. Iba vestido de luto y su aspecto era aún más triste y desalentado que en los días anteriores. Al pasearse se detenía algunas veces junto á su mesa, donde estaba abierta una caja de pistolas. Había pasado una parte de la tarde limpiando estas armas ó contemplándolas pensativo, como si su vista evocase lejanos recuerdos. Cuando olvidaba las pistolas miraba una fotografía puesta sobre la misma mesa y que era la de su madre. Esta contemplación humedecía sus ojos.