Moreno, después de saludarle, se apresuró á decir que ya había encontrado compañero y venía autorizado plenamente por él para la discusión de los preparativos del combate. El marqués aprobó con un saludo ceremonioso y luego le fué mostrando sus pistolas.
—Las traje de Europa, y han servido varias veces en lances tan graves como el nuestro. Examínelas bien; no tenemos otras, y deben ser aceptadas por las dos partes.
El oficinista manifestó que tenía por inútil este examen, aceptando todo lo que hiciese el otro.
Siguió hablando el marqués con una dignidad caballeresca que impresionaba á Moreno.
«Este pobre señor—pensó—no conoce su verdadera situación. Y es un hombre bueno y pundonoroso: un caballero que ignora los actos de su mujer y el triste papel que va á representar.»
Mientras el argentino le miraba con simpática conmiseración,
Torrebianca siguió hablando.
—Como ninguno de los dos quiere dar explicaciones, y las injurias son de indiscutible gravedad, el duelo lo concertaremos á muerte. ¿No opina usted así, señor?…
El oficinista, que se había puesto muy serio al darse cuenta de la importancia de esta conversación, aprobó silenciosamente con movimientos de cabeza.
—Mi representado—continuo el marqués—no se contenta con menos de tres tiros á veinte pasos, pudiendo apuntar durante cinco segundos.
Parpadeó Moreno para expresar el asombro que le producían tales condiciones, y quiso negarse á admitirlas; pero se acordó de una segunda conversación que había tenido con Pirovani aquella mañana, antes de ir á la estancia de Rojas.