Se había vestido precipitadamente, parecía asustada, y antes de que
Robledo la saludase, preguntó con ansiedad:
—¿Le ha ocurrido alguna desgracia á Watson?… ¿Por qué viene usted á estas horas?…
Sonrió Robledo irónicamente antes de contestar.
—Watson está bien; y si vengo á tales horas, es para hablarle de otro.
Luego la miró con severidad, añadiendo lentamente:
—Al salir el sol, dos hombres van á matarse. Esto es un horrible disparate que me quita el sueño, y he venido á decirle: «Elena, evite usted tal desgracia.»
Convencida ya de que no se trataba de Watson, respondió con mal humor:
—¿Qué quiere usted que haga? Pueden batirse, si es su gusto… Para eso nacieron hombres.
Acogió Robledo con un gesto de asombro estas palabras crueles.
—Aunque soy mujer—continuó ella—, no me asustan esos combates.
Federico se batió una vez por mí, cuando estábamos recién casados.
Allá en mi país, varios hombres expusieron su vida por serme
agradables, y jamás intervine para evitarlo.