Hizo una mueca de desprecio y añadió:
—¿Pretende usted que vaya á rogar á esos dos señores que no arriesguen sus preciosas vidas, para que después cada uno de ellos me exija algo á cambio de su obediencia?… Además, si intervengo en ese asunto, los dos van á creer, cada uno por su parte, que me inspiran gran interés, y ninguno de los dos me importa nada… Si se tratase de otro hombre, tal vez accedería á su ruego.
El español hizo un movimiento de cabeza al oir la palabra «otro», y vió por un instante la imagen de su asociado. Elena le miraba ahora con ojos compasivos.
—Duerma tranquilo, Robledo, como yo voy á dormir. Deje que esos dos vanidosos anuncien que se van á matar. Verá como no ocurre nada grave.
Intentó retirarse de la ventana por miedo á los «jejenes» y otros insectos sanguinarios que, atraídos por las apetitosas carnes, empezaron á zumbar en torno á sus hombros, obligándola á repelerlos con incesantes manotazos mientras hablaba.
—Si ve á Watson, dígale que le he estado esperando todo el día. Con esto del duelo es imposible hablarle… Hasta mañana, y pase usted una noche tranquila.
Cerró la ventana, fingiendo un miedo pueril á los mosquitos, y Robledo tuvo que retirarse desalentado.
A la misma hora el ingeniero Canterac escribía en su mesa de trabajo, terminando una larga carta con estas palabras:
«… y tal es mi última voluntad, que espero cumpliréis. ¡Adiós, esposa mía! ¡Adiós, hijos míos! Perdonadme.»
Dobló el pliego para meterlo en un sobre, y luego puso éste en el bolsillo interior de una levita colgada cerca de él.