—Oiga el consejo de un desgraciado, y no se ofenda porque se lo doy sin que usted me lo pida… No se separe nunca de Robledo: es un alma noble. Gracias á su bondad puedo marcharme… Todo lo que va conmigo le pertenece… Desconfíe de los que le hablen mal de él…

Sus ojos tristes miraron intencionadamente al joven mientras decía las últimas palabras. Antes de alejarse aún se atrevió á darle un nuevo consejo:

—Y no olvide por ninguna otra mujer á esa señorita que llaman Flor de
Río Negro.

Le apretó la diestra, hizo un signo de adiós, y bajando la cabeza espoleó á su caballo, perdiéndose en la noche, que empezaba á nacer.

* * * * *

#XV#

Marchó Watson hacia el pueblo, sintiendo en su interior la comezón de una conciencia que empieza á perder su tranquilidad.

Recordaba con remordimiento aquel breve diálogo en el parque improvisado, durante el cual habló duramente á Robledo. «¡Y por esa mujer—pensaba—que lleva los hombres á la muerte, he maltratado al mejor de mis amigos!»

Luego, el rostro triste y lloroso de Celinda sucedía en su imaginación á la cara bondadosa de Robledo.

«¡Pobre Flor de Río Negro!—siguió diciéndose—. Debo ir mañana á implorar su perdón, si es que se digna escucharme.»