Entró en la Presa ensimismado, dejándose llevar por el instinto de su cabalgadura; pero de pronto notó que ésta quería detenerse, y al levantar su cabeza se dió cuenta de que estaba ante la casa de la Torrebianca.
El comisario de policía, ayudado por dos de sus hombres, empujaba con suavidad al último grupo de curiosos, llevándoselo por delante entre paternales exhortaciones.
Se alejó don Roque, é iba Ricardo á continuar su marcha, cuando notó que en la casa se entreabría una ventana, asomando á ella una mano de mujer, que le hacía señas para que se acercase. Watson permaneció insensible al llamamiento y la ventana se abrió completamente, apareciendo Elena vestida de negro, como si guardase luto, pero llevando estas ropas fúnebres con cierta coquetería.
Tuvo Ricardo que aproximarse á la casa, y se quitó el sombrero para responder á sus afectuosos ademanes.
—¡Tanto tiempo sin verle!… Entre en seguida.
Él hizo con la cabeza un signo negativo, mirándola con severa expresión.
—¿No me pregunta por quién voy de luto?—continuó ella—. Ha muerto la madre de mi esposo, una señora que yo amaba muchísimo. Estoy muy triste… ¡Cómo necesito en estos momentos la conversación de un buen amigo!…
Pretendía dar á sus palabras un tono doloroso y al mismo tiempo le invitaba á subir con ademanes de seducción. Pero Ricardo insistió en sus signos negativos y dijo al fin:
—Vendré á visitarla cuando viva en otra casa y esté presente su esposo. Ahora no puedo.
Y se alejó sin volver el rostro, mientras ella iba pasando de la sorpresa á la cólera, cerrando finalmente su ventana con violencia.