Iba á retirarse, creyendo que lo había hecho todo, cuando la detuvo la señora.
—¿Usted sabe dónde podrá estar en este momento ese Manos Duras de que me habló antes?
La mestiza, siempre predispuesta á la charla desarrolló un largo preámbulo antes de dar una contestación precisa. Manos Duras iba ahora á todas partes con unos amigos suyos de la Cordillera que estaban alojados en su rancho: gente mala y poco temerosa de Dios. ¡A saber lo que traerían entre manos!… También le había indicado, en su diálogo á la puerta del corral, que tal vez hiciese pronto un largo viaje, y esta era la razón de haber venido á molestar á la señora por si quería mandarle algo.
—Yo creo—terminó—que si no se ha vuelto á su rancho lo pillaré á esta hora donde el Gallego.
—Vaya á buscarle—dijo Elena—y avísele de mi parte que á la diez en punto esté frente á la casa… Nada más. Pero dígaselo con habilidad; que nadie se entere.
Sebastiana, que había acogido las primeras palabras como si las escuchase mal, por parecerle inauditas, al oir que le recomendaban ser discreta, olvidó su asombro para afirmar vehementemente que la patrona podía estar tranquila en cuanto á la prudencia con que ella acostumbraba á cumplir los encargos.
Salió de la casa, marchando á toda prisa hacia el boliche. Si no encontraba allí al gaucho, era que se habría ido del pueblo.
Ante la puerta del establecimiento se detuvo para mirar á su interior. Por ser ya la hora de la cena, el público había menguado. Los más de los parroquianos estaban en sus viviendas, sentados á la mesa, y solamente una hora después volverían á agolparse junto al mostrador. Un gaucho viejo tocaba la guitarra mirando la panza de un cocodrilo de los que pendían del techo. Los tres huéspedes de Manos Duras escuchaban atentamente. Éste, sentado en un cráneo de caballo y con la espalda apoyada en la pared, fumaba pensativo.
Como el dueño del boliche estaba ausente, Friterini, detrás del mostrador, imitaba el aire del patrón, mientras leía con arrobamiento un periódico italiano, viejo y sucio.
Levantó Manos Duras sus ojos, avisado por una tos discreta, y vió en la puerta á la mestiza, que le hacía señas para que saliese. A espaldas del boliche le dió Sebastiana el recado con voz misteriosa, llevándose un dedo á los labios varias veces en el curso de su mensaje. Además guiñó un ojo para que el gaucho «no la tuviese por zonza», dando á entender que sospechaba en qué pararía su aviso.