Cuando la mestiza se hubo marchado, Manos Duras tardó en volver al boliche. Prefería estar solo y en la obscuridad, por parecerle que así podía saborear mejor su satisfacción. Entraba en su regocijo una gran parte de asombro. ¿Cómo podía él imaginarse aquella tarde, al vagar ante la vivienda de la señorona, que ésta le enviaría un recado para que fuese á verla á solas en la misma noche?…
Al hacer su ofrecimiento á Sebastiana en el corral de la casa, había obedecido á los impulsos de una caballerosidad á su manera. Deseaba aparecer ante la marquesa como un individuo distinto á los demás habitantes del pueblo y había ofrecido su protección sin esperanza de que ella la aceptase… Y unas horas después le buscaba. ¿Qué desearía pedirle?…
Luego desechó las dudas que empezaban á enturbiar su gozo, sintiéndose fortalecido por un orgullo varonil. Él, aunque fuese un pobre rústico, era un hombre como los demás, mejor que los demás, pues todos le tenían miedo… ¡y estas gringas venidas del otro mundo resultaban á veces tan caprichosas!… Acabó por sonreir vanidosamente.
«Lo que yo pienso—se dijo—: ¡todas son unas!… ¡Todas iguales!»
Y volvió al boliche para sentarse entre sus amigos, en espera de la hora.
Robledo y Watson acababan en aquel momento de cenar, y oyeron que alguien llamaba á la puerta de su vivienda.
Se sorprendió un poco el español al ver entrar á Torrebianca vestido con un traje negro de ciudad y una corbata de luto, pero todo cubierto de polvo, de tal modo que sus ropas parecían grises y su cabeza y sus bigotes completamente blancos.
—Vengo de Fuerte Sarmiento, de enterrar al pobre Pirovani… Me ha traído Moreno en su coche.
Le invitó Robledo á sentarse á la mesa.
—Puedes cenar aquí, si no quieres ir en seguida á tu casa.