Torrebianca hizo un movimiento negativo.

—No pienso volver á mi casa.

Dijo esto con tal energía, que Robledo quedó mirándole fijamente. Mostraba una excitación que hacía temblar sus manos y atropellaba el curso de sus palabras.

—He comido algo con Moreno antes de salir de allá… Pero comeré otra vez… ¡Ay, la muerte! ¡Pobre Pirovani!… También beberé un poco.

A pesar de que hablaba de su hambre, apenas tocó los distintos platos que le fué ofreciendo la criada de la casa. En cambio bebió mucho vino, pero de un modo maquinal, sin saber ciertamente lo que bebía.

El español había creído percibir, desde la entrada de su amigo, cierto olor de ginebra. Indudablemente él y Moreno habían tomado algunas copas de este licor antes de emprender su regreso. Tal vez esto era el motivo de su excitación, por no estar acostumbrado á las bebidas alcohólicas.

Watson, que había terminado de cenar, se fijó en la tenacidad con que le miraba Torrebianca. Parecía indicarle con los ojos que su presencia era inoportuna.

—¿Moreno se ha quedado en su casa?—preguntó.

Y se fué, pretextando la conveniencia de hablar con el oficinista para saber lo que pensaba escribir al gobierno sobre la necesidad de reanudar las obras.

Cuando Robledo y Torrebianca quedaron solos, éste pareció otro hombre. Se fué desvaneciendo su excitación, bajó los ojos, y el español creyó que se empequeñecía en su asiento, como algo blando que se desplomaba, falto de sostén interior. Toda la falsa energía del alcohol había desaparecido de golpe, y Torrebianca estaba allí, ante su vista, con un aspecto que hacía recordar el de una envoltura de goma súbitamente deshinchada.