—¿Dónde está mi hija?—preguntó impetuosamente.
Le escuchó el gaucho andino con rostro impasible, como si no le comprendiese.
—Nada de palabras inútiles—continuó el estanciero—. Si lo que queréis es plata, hablemos, y puede que nos entendamos.
Piola permaneció silencioso. Mientras tanto, obedeciendo tal vez á una seña de él, los dos hombres montados se alejaron, examinando el horizonte. Sólo volvió uno de ellos, y al echar pie á tierra dijo algunas palabras en voz baja. No se veía á nadie en los alrededores.
Los perros seguían ladrando, yendo inquietos de un lado á otro, pero esta alarma no debía ser mas que una continuación de la anterior. Aquellos dos hombres indudablemente habían llegado solos.
Rojas hizo nuevos ofrecimientos, al mismo tiempo que se esforzaba por contener su indignación, dando á su voz una exagerada melosidad.
—No sé de qué me habla, señor—contestó al fin Piola—. Se equivoca usted. Nunca he visto á esa señorita.
—¿Acaso ustedes no son amigos de Manos Duras?
Mientras hablaban los dos, Ricardo, alejándose un poco de ellos, intentó dar vuelta al rancho para llegar á su puerta; pero el otro cordillerano, adivinando su intención, se colocó ante él, levantando la carabina como si fuese á apuntarle. Al fin, Piola, sin contestar á Rojas nada concreto, le volvió la espalda, dirigiéndose hacia la esquina de la ruinosa construcción y desapareció detrás de ella.
Fué á seguirlo el estanciero, y tropezó con el mismo hombre que había contenido á Watson. Ahora apuntaba francamente su rifle contra los dos, para que no pasasen adelante, y tuvieron que mantenerse inmóviles, dudando entre obedecer á la amenaza ó arrojarse sobre aquel bandido.