De un puntapié apartó Piola las maderas mal unidas que cerraban la entrada del rancho. La presencia del cordillerano hizo que Manos Duras abandonase su lucha con Celinda. Ésta, con las manos atadas, se defendía de la agresividad carnal de su raptor. Le había arañado, le había mordido, repeliéndole al mismo tiempo con sus pies. El gaucho tenía en el rostro y en las manos varios rasguños que goteaban sangre, pero tal era su excitación que no parecía darse cuenta de ellos.
Al ver á su camarada se esforzó por serenarse, hablando con una alegría feroz.
—Lo que yo te dije, hermano; empieza uno por juego y acaba interesándose. No se puede estar en paz al lado de una buena moza.
Pero calló al notar que Piola le miraba como reconviniéndole.
—Vos ahí de farra, como un muchacho, mientras afuera pasa lo que pasa.
Le invitó á salir con un gesto, y más allá de la puerta continuó, bajando la voz:
—Ahí tenes al viejito de la estancia con un gringo de los que trabajan en las obras del río. ¿Qué hacemos?…
Manos Duras, á pesar de su cinismo, quedó sorprendido al saber que don Carlos estaba al otro lado de la esquina de adobes. ¿Cómo se había presentado tan pronto?… ¿Quién había podido revelarle la presencia de su hija en este rancho lejano? Pero su ferocidad y el recuerdo de la ofensa inferida por Rojas le inspiraron una solución.
—Lo mejor será matarlo.
—¿Y al gringo también?—preguntó Piola con ironía—. Vos encontrás fácilmente el remedio á todo.