—Dicen que ha habido un bochinche en la estancia de don Carlos Rojas.
El comisario y muchos hombres se fueron para allá.
A Sebastiana, según continuó diciendo la chinita, la habían visto algunos en las afueras del pueblo, á caballo y acompañada por el doméstico del señor Robledo.
—Habrá ido á ver si le ocurrió algo á su antigua patroncita. Cada uno cuenta una cosa… Pero lo cierto es que en la estancia han matado á alguien.
No pudo continuar hablando la criada, en vista de la poca curiosidad que mostraba su señora. Se había limitado á una exclamación de sorpresa al escuchar las primeras palabras. Luego quedó en silencio, como si no le interesase el relato.
Permaneció toda la mañana en su salón, después de haber tomado el desayuno. Pensaba con impaciencia en las largas horas que debían transcurrir antes de que llegase la noche. Estaba resuelta á llamar á Robledo; pero éste, según las noticias de su criadita, se había ido con el comisario á la estancia de Rojas y no regresaría hasta el atardecer.
Le era imposible seguir viviendo más tiempo en aquel pueblo. Que se quedase su marido, trabajando en los canales. Ella pensaba pedir á Robledo que le proporcionase los medios de regresar á París, ó cuando menos el dinero necesario para volver á Buenos Aires. Una vez en la gran ciudad sabría defenderse. En su primera juventud se había visto en situaciones iguales ó peores, y conocía por experiencia cómo una mujer enérgica puede salir de los pasos difíciles con más soltura que un hombre.
Deseaba que anocheciese pronto, pensando en su futura conversación con el español. Al mismo tiempo le daba miedo el rápido deslizamiento de las horas, pues alguien podía venir á su ventana para exigirle el cumplimiento de una promesa hecha la noche antes.
Necesitaba un esfuerzo mental para convencerse de que no había soñado su entrevista con Manos Duras.
«¡Qué absurdo!—pensó—. Pero ¿he podido hacer realmente eso?»
Muchas veces en su existencia había sentido la misma extrañeza por los propios actos, como si hubiesen en su interior dos personalidades antagónicas, una de las cuales inspiraba horror á la otra.