«¡Y ese hombre tal vez venga esta misma noche!», seguía pensando.
Para tranquilizarse se dijo que bien podía ser que el gaucho hubiese olvidado sus promesas. Pero inmediatamente recordó las vagas noticias que le había dado su criadita de algo terrible ocurrido en la estancia de Rojas.
Como estaba predispuesta á creer que todos los sucesos debían plegarse á sus conveniencias, sintió finalmente la confianza del optimismo.
«No vendrá—se dijo—. ¡Qué disparate! ¿Cómo puede ese hombre haber creído una promesa tan absurda?…»
Después de las noticias que habían circulado por el pueblo, no se atrevería á volver. Además, aquel bárbaro resultaba temible á campo raso; pero con tener ella bien cerradas las ventanas y puertas de la casa, se libraría de su presencia.
Ya no pensó en el gaucho, mas no por esto desapareció de su memoria el recuerdo de la noche anterior. Algo había sucedido al romper el día, cuando empezaban á marcarse luminosamente las rendijas de su ventana; y esto lo había percibido confusamente, como todo lo que pasa cuando los ojos se resisten á abrirse y el pensamiento vacila entre el sueño y la vigilia.
Completamente despierta y considerando ahora lo ocurrido á varias horas de distancia, empezó á convencerse de que alguien había estado junto á su ventana al amanecer. Recordó un ruido sofocado de pasos en la galería exterior y el leve crujido de la madera de la pared bajo el peso de un cuerpo apoyado en ella. Hasta podría jurar que había escuchado algo semejante á suspiros de dolor, á un jadeo de desesperación. Y su instinto le avisaba que aquel ser misterioso que había vivido unos momentos cerca de ella, al otro lado del muro de tablas, no era otro que su esposo.
Dos veces fué ahora á la ventana, abriéndola para ver su exterior y su interior, con la esperanza de encontrar un papel ó cualquier otro indicio del invisible visitante, llegado con el alba y desaparecido al salir el sol.
«Es Federico—volvió á decirse—; no puede ser otro… Robledo debe saber donde está. ¡Cómo deseo que vuelva al pueblo para hablarle!…»
Poco después de mediodía, cuando ella fumaba su vigésimo cigarrillo, llamaron á la puerta. Transcurrió algún tiempo y volvieron á repetirse los golpes. Elena adivinó que, por estar ausente Sebastiana, las dos chinitas habían abandonado la casa después de servir la comida, vagando por el pueblo en busca de noticias.