Fué á abrir ella misma y se sorprendió reconociendo al visitante. Era Moreno. Su presencia nada tenía de extraordinaria, y sin embargo no pudo contener Elena un gesto de asombro; tan olvidado le tenía. En las últimas horas otros hombres habían ocupado por completo su memoria.

Ruborizándose de su olvido le invitó á entrar con exagerada amabilidad. Su buena suerte le enviaba á este tonto para que la entretuviese con su conversación durante una tarde larguísima, que sin esta visita hubiese resultado de monótona soledad.

Al entrar en el salón, Moreno acarició los muebles con una mirada dulce y protectora, como si le perteneciesen. Luego ocupó el sillón que le ofrecía ella, haciendo alarde de un aplomo que nunca había mostrado en sus visitas anteriores.

—Me voy á Buenos Aires en el tren de esta tarde, señora marquesa—dijo con la gravedad de un hombre que conoce sus propios méritos—. Debo ver al gobierno para darle cuenta de lo ocurrido aquí, y hablar con el ministro de Obras públicas sobre la continuación de los trabajos.

Elena acogió tales palabras con movimientos de cabeza afirmativos, al mismo tiempo que sus pupilas parecían sonreir maliciosamente. Este buen padre de familia exageraba un poco su importancia.

—Pero antes de marcharme he creído conveniente venir á verla para que tratemos de un asunto relacionado con mis futuros negocios.

Siguió hablando, y á las pocas palabras se apagó la chispa alegre é irónica que danzaba en las pupilas de la Torrebianca. Sus ojos sólo expresaron un ávido interés, que fué creciendo por momentos.

Moreno relató cómo Pirovani le había confiado toda su fortuna, nombrándole tutor de la hija única que tenía en Italia.

—El pobre—continuó—, por lo que he visto al examinar rápidamente sus papeles, era más rico que yo creía. Este encargo supremo de mi pobre amigo va á darme mucho que hacer, y tal vez me obligue á dimitir mi empleo. ¡Quién sabe si podré regresar aquí!… Temo que transcurra mucho tiempo antes de que volvamos á vernos.

Y la posibilidad de tan larga ausencia entristeció al oficinista, á pesar del aire satisfecho y seguro de sí mismo que mostraba desde el día anterior.