—Como el infeliz Pirovani—siguió diciendo—me confió el manejo de su fortuna, y esta casa pertenece á su heredera, yo, en uso de mis facultades, le digo, señora marquesa, que puede usted seguir aquí todo el tiempo que juzgue oportuno, como si fuese de su propiedad, y sin pagar por ella un solo centavo. ¡Qué no haré yo por usted!…
Ella le miraba fijamente con ojos interrogantes. Le era difícil poder ocultar la sorpresa que le había causado esta revelación. ¡Moreno depositario de la herencia del contratista, abrumado por la enormidad de la fortuna que caía sobre él y volviendo á una ciudad populosa para rehacer su existencia!…
A través de su asombro empezaron á emerger nuevas ideas, semejantes á islotes todavía informes y en pleno hervor de formación. Se desdoblaba su interior, surgiendo junto á la mujer de gustos frívolos ansiosa de comodidades y grandezas, otra que era la de las temibles energías, la de las extremas resoluciones en las horas difíciles, la que no vacilaba ante la crueldad. Y esta mujer, al despertarse, aconsejaba imperiosamente á su compañera: «No dejes que se marche. El destino te lo envía.»
Contemplándola Moreno con ojos más atrevidos que en los tiempos que no se creía rico y poderoso, vió de pronto cómo el rostro de la «señora marquesa» parecía velarse, lo mismo que si se deslizase sobre él la sombra de una nube invisible. Luego contrajo su boca con expresión dolorosa y se llevó las manos al rostro, para ocultar sus lágrimas.
Se levantó de su sillón el oficinista para consolarla. Comprendía el dolor de ella viendo el traje de luto que llevaba por la muerte de la madre de su esposo. Además, ¡el triste fin de Pirovani, la fuga de Canterac, tantos sucesos en tan poco tiempo!…
—Es muy triste, señora marquesa, lo que le ocurre, pero no por eso debe usted llorar.
Y se atrevió á tomarle las manos, oprimiéndoselas dulcemente antes de apartarlas de sus ojos, húmedos de llanto.
—No lloro por lo que usted cree—suspiró ella—, lloro por mí misma, por mi desgracia, que no tiene remedio. Estoy sola en el mundo. Mi marido no ha vuelto á casa hace dos días… y tal vez no volverá. ¡Quién sabe qué calumnias le han contado!… Me quedaban mis amigos, mis buenos amigos; el uno ha muerto y el otro anda fugitivo. Sólo podía contar con usted… ¡y usted se marcha para siempre!
El oficinista, conmovido por tales palabras, empezó á balbucear:
—Cuente siempre con mi admiración, señora marquesa… Yo me voy, y en realidad no me voy… Me tendrá usted en Buenos Aires…