—Yo también—dijo—pienso ahora más que antes. Anoche no pude dormir, y por eso me he levantado tarde, sin tiempo para ir á ver qué es lo que ha pasado en la estancia de Rojas… Y anoche precisamente se me ocurrió que tal vez será conveniente que yo vaya á Europa para velar por la hija de Pirovani y administrar sus bienes mejor que si me quedo en Buenos Aires. ¡Quién sabe si llegaré á aumentar muchísimo esa fortuna, dedicándome á los negocios! Yo no creo poseer las condiciones que usted me supone, señora marquesa; pero en fin, soy hombre de números, hombre de orden, y tal vez podré hacer buenos negocios, lo mismo que los hacen otros… ¿Cómo no?
Hubo un largo silencio, y el oficinista, que se mostraba inquieto por lo que iba á decir, balbuceó al fin tímidamente:
—Usted podría venir conmigo á Europa… para aconsejarme. Yo, por más inteligente que usted me crea, sólo puedo ser allá un ignorante.
Elena hizo un movimiento de sorpresa y luego repelió altivamente la proposición.
—No acepto. ¡Qué locura!… ¡Qué fardo iba usted á echarse á cuestas, amigo Moreno!… Olvida usted además que yo soy una mujer casada, una señora, y la gente, al vernos juntos, haría las suposiciones más calumniosas.
A pesar de tales protestas tomó las dos manos de Moreno entre las suyas y aproximó su cara á la de él, envolviéndole en el nimbo perfumado de su carne tentadora, al mismo tiempo que decía con entusiasmo:
—¡Qué gran corazón el suyo!… ¿Cómo probarle mi gratitud por su ofrecimiento?
Adoptó el oficinista una expresión suplicante para seguir hablando. ¿Qué podía importarles á los dos lo que murmurase la gente?… Además, en Europa no los conocía nadie. Vivirían en París, la ciudad maravillosa tantas veces admirada por él en las novelas y que nunca habría visto de no ocurrir la muerte de Pirovani. Él era quien debía dar gracias á la marquesa si se dignaba acompañarle y dirigirle.
—¿Y la familia de usted?—preguntó la Torrebianca con una expresión austera, desmentida al mismo tiempo por sus miradas.
El hombre respondió con el cinismo optimista de un rico, convencido del poder del dinero, que espera arreglar mediante su intervención todos los conflictos.