—Mi familia quedará en Buenos Aires, mejor instalada que nunca. Con plata abundante todo se soluciona y nadie vive descontento… Yo tendré mucha plata, porque, como es natural, debo recompensarme á mí mismo por mis trabajos de tutor. Pienso también ganar mucho en los negocios.

Ella insistió en su resistencia, aunque cada vez con más flojedad, y Moreno creyó oportuno conmoverla describiendo las delicias de un París que no había visto nunca y la otra tenía ya olvidadas de puro conocidas.

—Es una locura—dijo Elena, interrumpiéndole—. Me falta valor para arrostrar un escándalo tan enorme. ¿Qué dirían si nos viesen huir juntos?

Después, con una expresión púdica y tímida, añadió:

—Yo no soy como usted me cree. Los hombres aceptan con asombrosa facilidad todo lo que les cuentan acerca de las mujeres, y ¡á saber qué es lo que le habrán dicho á usted de mí!… Reconozco que he sido poco dichosa en mi matrimonio. Mi marido es bueno, aunque nunca ha sabido comprenderme. ¡Pero de eso á huir con otro hombre, dando un escándalo!…

Apeló el oficinista á todas las frases almacenadas en su memoria, como residuo de sus lecturas. ¿Qué importaba el matrimonio, ni tampoco lo que pudiera decir la gente?… Ella tenía derecho á conocer el verdadero amor, tomándolo allí donde lo encontrase. Tenía igualmente derecho á «vivir su vida» al lado de un hombre que supiese embellecérsela con arreglo á sus altos merecimientos.

Así fué soltando trozos de sus lecturas novelescas, y aunque la marquesa parecía tan enterada como él de tales argumentos, acabó por conmoverse y ablandarse bajo su elocuencia amorosa.

Era que la Torrebianca consideraba en su interior que ya había prolongado bastante el simulacro de su resistencia y creía llegado el momento de ceder, para que Moreno hablase de cosas más inmediatas y urgentes. Como si no supiera lo que hacía, puso sus manos sobre los hombros de él y le habló de muy cerca, con voz tenue, al mismo tiempo que miraba á lo alto, como sumida en sus recuerdos.

—¡Oh, París! Usted lo conoce por los libros, pero no sabe verdaderamente lo que es aquella vida. Nos espera allá una existencia muy dulce.

Consideró el oficinista tales palabras como una aceptación, creyéndose autorizado después de ellas para abrazarla…