Sintióse conmovido Moreno por el gesto con que acompañaba Elena tales palabras.
«¡Oh, París!…» Esta exclamación mental del oficinista resucitó en su imaginación todos los episodios de la vida alegre que llevan los extranjeros en la gran ciudad, según él había leído en las novelas.
Vió un elegante restorán nocturno, como se imaginaba que eran los restoranes de Montmartre y como los había admirado directamente muchas veces en las historias cinematográficas. Creyó escuchar la música sacudida y saltarina de un jazz-band. Siguió con sus ojos la rotación de las parejas que bailaban en un gran rectángulo rodeado de brillantes mesitas.
Después entraba la marquesa vestida con llamativo lujo y apoyada en el brazo de él mismo, que iba de frac, con una perla enorme en la pechera. El encargado del establecimiento le saludaba familiar y respetuoso, como á un parroquiano conocidísimo; las mujeres admiraban de lejos las joyas de Elena; un groom diminuto como un gnomo se llevaba la rica capa de pieles de la señora, que esparcía un perfume de jardín de ensueño. Él examinaba la lista de vinos, pidiendo un champaña tan caro, que su nombre provocaba una reverencia admirativa del encargado de la bodega.
Se desvaneció la visión, encontrándose Moreno otra vez en la antigua casa de Pirovani, ante aquella mujer que tanto había deseado con el fervor que inspira lo que parece imposible de conseguir, y que le miraba en estos momentos con ojos devoradores.
—¡Oh, París!—dijo—. ¡Cómo deseo verme allá con usted… Elena!
Porque usted me permite que la llame ahora simplemente Elena… ¿no?
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#XVIII#
Para Watson empezaron á sucederse los hechos con la rapidez vertiginosa y la falta de lógica de los episodios de una pesadilla que se desarrollan más allá del tiempo y del espacio.
Oyó tiros; luego pasaron ante sus ojos varios jinetes á todo galope, mientras otros, deteniéndose, hacían fuego contra los dos andinos. En vano Piola gritaba levantando sus brazos: