—¡Levántate, hijo de… para que no digas que te mato sin defensa!
Saca tu facón y pelea.

El cuchillo lo tenía ya en la mano el gaucho, pero Rojas no lo había visto, turbado por el goce feroz de encontrar finalmente á ese hombre al alcance de su diestra.

Apenas el bandido estuvo de pie, le tiró á traición una cuchillada al vientre, pero aturdido aún por los golpes que le había dado Watson, su ataque fué lento, lo que permitió al estanciero pararla con un revés de su mano izquierda. Él, por su parte, le asestó un golpe en el pecho, luego otro, y menudeó sus cuchilladas con tal celeridad, que hizo derrumbarse á Manos Duras arrojando sangre por numerosos desgarrones de su cuerpo.

—¡Ya está muerto el puma!

Esto lo gritó don Carlos agitando sobre su cabeza el arma enrojecida, mientras el bandolero daba vueltas junto á sus pies, apoyándose en un costado y en otro, entre ronquidos de agonizante.

Watson había ido llevándose á Celinda más lejos, para que no presenciase esta lucha, pero al mismo tiempo procuraba no perder de vista al estanciero, por si le era necesario su auxilio.

Al juntarse los dos hombres, condujeron á la joven hasta el lugar donde el ingeniero había dejado su caballo. No querían que Celinda viese al agonizante. Ella, conmovida por tantas emociones, los miraba con unas pupilas dilatadas é inciertas, como si no los reconociese. Al fin acabó por llorar, abrazándose á su padre. Luego, olvidando los prejuicios de los días normales, abrazó también á Watson y empezó á besarlo.

El mocetón, aturdido por estas caricias y asustado por las heridas superficiales que notaba en el rostro de la joven, preguntó con ansiedad:

—¿Le he hecho daño, miss Rojas?… ¿No es cierto que he tirado el lazo menos mal que otras veces?…

Los dos le ayudaron á montar, y marcharon junto á su caballo con dirección al rancho de la India Muerta.