Robledo y el comisario salieron á su encuentro, mostrando gran alegría al reconocer á Celinda. Frente á las ruinas estaban los otros hombres de la expedición. Después de curar á su modo á los dos cordilleranos heridos, los vigilaban, así como á Piola, hablando de conducirlos al día siguiente á la cárcel de la capital del territorio.

Viéndose entre amigos que celebraban con gozosas demostraciones su liberación, Celinda volvió á recobrar su carácter ligero y animoso. Procuró ocultar su rostro para que Watson no viese más tiempo las desolladuras que lo desfiguraban; pero cuando de tarde en tarde volvía sus ojos á él, éstos tenían una expresión acariciante.

—¿Le he hecho daño, miss Rojas?—dijo otra vez el joven con voz suplicante, como si su emoción no le permitiera en aquellos momentos preguntar otra cosa—. ¿Verdad que no he tirado el lazo muy mal?…

Ella, después de mirar á un lado y á otro para convencerse de que su padre estaba lejos, dijo en voz baja, imitando el acento del norteamericano:

—¡Gringo chapetón! ¡grandísimo torpe!… Si que me has hecho daño, y el lazo lo tiras rematadamente mal… Pero de todos modos me enganchaste con él, y como yo juré que sólo así conseguirías tenerme otra vez… aquí me tienes.

Y avanzó los labios cual si pretendiese acariciarle desde lejos con su sonrosado redondel, siendo este gesto una promesa de lo que haría seguramente luego, cuando se viesen solos.

Entró la expedición en la Presa al anochecer, después de haber descansado en la estancia de Rojas, donde esperaba Sebastiana. Ésta, al ver libre á su patroncita, prorrumpió en exclamaciones de gozo, que se convirtieron poco después en frases de indignación por las lesiones que Celinda tenía en su cara. El nombre de la marquesa se le escapó á la mestiza en el curso de una furibunda palabrería, á pesar de las recomendaciones de prudencia hechas en voz baja por Robledo. Al fin acabó relatando á Rojas todo lo que sabía de la entrevista de la «señorona» con Manos Duras y lo que sospechaba ella que habían convenido los dos.

Sebastiana quiso quedarse en la estancia, al lado de Celinda, sin creer necesario para ello el permiso del patrón.

El mismo don Carlos había rogado á Watson que se quedase también hasta el día siguiente, en que volvería él.

—Tengo que hacer una cosita urgente en la Presa. Deseo decir unas palabritas á cierta persona.