Su compatriota el dueño del boliche se consideraba tan arruinado como él. En su establecimiento, el cajón del mostrador estaba vacío. Además podía decir adiós á la esperanza de convertir sus arenosos campos en ricas «chacras» de riego. Estaba pobre; más pobre que cuando llegó á establecerse en esta tierra maldita.
Pero su fe en Robledo y la necesidad de consolarle hicieron que se mostrase optimista.
—Todo se arreglará, don Manuel—repitió varias voces, pero sin convicción.
Don Manuel, viendo cómo las aguas insistían en su obra destructora, pasó de la tristeza á la cólera. Sus ojos ya no miraban al río. Tenían la vaga expresión del que ha puesto su pensamiento muy lejos y ve lo que no pueden ver los demás.
Recordó á Canterac y á Pirovani, tan intensamente como si los hubiese encontrado el día anterior. Vió después un rostro de mujer sonriendo con expresión maligna. A través del tiempo y la distancia hacía sentir aún la influencia de su paso por este rincón de la tierra. Ella era en realidad la que destruía las obras.
El español cerró los puños. Se acordó del estanciero Rojas y lo que éste se proponía hacer con su rebenque para castigar las maldades de aquella hembra. Él hubiese hecho algo peor en el presente momento.
«Gualicho rubio—pensó—, demonio perturbador de los hombres y de las cosas… ¡en qué mala hora te traje aquí!»
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#XIX#
—Han transcurrido doce años desde la última vez que estuve en
París… ¡Ay! Reconozco que mi aspecto ha cambiado mucho.