Y Robledo, al decir esto, volvió á verse tal como se contemplaba todas las mañanas en el espejo, con ojos de conmiseración, mientras procedía á su limpieza matinal.

Era todavía vigoroso y gozaba de excelente salud; pero la vejez había empezado á marcar en él sus devastaciones. La cúspide de su cráneo estaba completamente despoblada. En cambio había suprimido su bigote, rasurándolo por el motivo de tener con más abundancia las canas que los pelos obscuros. Esta transformación le había dado, según él, cierto aspecto de clérigo ó de actor, pero al mismo tiempo esparcía por su rostro cierta frescura juvenil.

Ocupaba un sillón en el hall de un hotel elegante de París, cerca del Arco de Triunfo.

Frente á él estaba un matrimonio joven: Watson y Celinda. El paso de los años no había hecho mas que afirmar los rasgos fisonómicos de Ricardo, dando mayor estabilidad á su hermosura de atleta tranquilo. La antigua Flor de Río Negro tenía ahora una belleza estival de trato sazonado y dulce. Conservaba su esbeltez gimnástica de efebo, pero la maternidad había amplificado majestuosamente sus formas.

Ya no llevaba su cabellera cortada como una melena de pajecillo, ni se permitía en público los saltos y las travesuras infantiles de aquella amazona patagónica admirada por los inmigrantes. Debía mostrar la seriedad de una mamá. En torno á la mesita del hall se movía un niño de nueve años, voluntarioso y algo desobediente, que buscaba la protección de Robledo—por otro nombre «tío Manuel»—cuando le reñían sus padres. En un piso del «Palace» dos nurses inglesas vigilaban los juegos de otros tres hijos de menos edad.

Formaban todos en conjunto la conocida familia de la América del Sur que viene á pasar varios meses en Europa, como una tribu rica y alegre, trasladando la casa entera de un lado á otro del Océano, sin olvidar á los criados. Ahora la familia estaba en sus comienzos, por ser los padres todavía jóvenes, y se limitaba á ocupar cuatro camarotes en los buques y cinco cuartos con salón común en los hoteles. Diez años más de vida y de prosperidad en los negocios, y la caravana familiar, al hacer otro viaje á Europa, arrendaría todo un costado del paquebote y un piso entero en los «Palaces».

—¡Las cosas que han ocurrido desde la última vez que estuve aquí!…

Se ensombreció el rostro de Robledo al recordar éste sus luchas durante dos años para conseguir que se reanudasen las obras en el río Negro.

Había conocido las angustias que proporcionan las deudas crecientes y las reclamaciones de acreedores que no pueden satisfacerse.

Casi todos los habitantes de la Presa escaparon al destruir el río las obras. Los raros viajeros que visitaban el país venían á admirar esta población en ruinas, semejante á las ciudades históricas y muertas del mundo antiguo, en una tierra falta de recuerdos.