Robledo se sentía por momentos más convencido de que era Elena. Los dos se miraron fijamente. Después ella preguntó por señas si podía acercarse, pasando al fin á su mesa.
—He creído mejor entrar aquí, para que hablemos. Muchas veces, á los hombres no les gusta que los vean con una mujer en la calle. La mayoría son casados. Usted tal vez lo es, como los otros.
Su voz era ronca; no recordaba la que él había oído doce años antes; pero á pesar de esto, su convicción iba creciendo. «Es ella—pensó—. Ya no es posible la duda.» La mujer siguió hablando.
—Tal vez me equivoco. Usted debe ser soltero. No veo su anillo de matrimonio.
Y miraba sonriendo las manos masculinas puestas sobre la mesa. Pero otra cosa pareció preocuparla más que el estado civil del señor que la había seguido. Volvió los ojos con cierta ansiedad hacia el mostrador, donde estaba el camarero esperando su llamamiento.
—¿Puedo tomar una copa?—preguntó—. Advierto á usted que el whisky de aquí es magnifico. Imposible encontrarlo mejor en todo París.
Al ver que él asentía con un movimiento de cabeza, se aproximó el camarero, y sin necesidad de preguntar qué deseaba la parroquiana, trajo por su propia iniciativa una botella de whisky y dos copas. Después de llenar éstas se alejó, no sin dirigir á Robledo una mirada y una sonrisa iguales á las de la dueña del establecimiento.
Bebió la mujer con avidez su copa, y al ver que el otro dejaba intacta la suya, pasó por sus ojos una expresión implorante.
—Antes de la guerra, el whisky valía muy poco; ¡pero ahora!… Sólo los reyes y los millonarios pueden beberlo. ¿Me permite usted?
Hizo Robledo un gesto indicador de que la cedía su parte, y ella se aprovechó con apresuramiento de tal permiso.