El licor parecía repeler cierta torpeza mental que se reflejaba en la lentitud de sus palabras, dando nueva luz á sus ojos y mayor soltura á su lengua. Dejó de hablar en francés para preguntar en español:

—¿De dónde es usted? He conocido por su acento que es americano… americano del Sur. ¿De Buenos Aires tal vez?…

Movió la cabeza Robledo negativamente, y sin perder su gravedad soltó una mentira.

—Soy de Méjico.

—Conozco poco ese país. Me detuve en Veracruz unos días nada más, de vapor á vapor. La Argentina la conozco bien: viví allá hace años… ¿Dónde no he estado yo?… No hay lengua que no hable. Esto hace que los señores me aprecien y muchas amigas me tengan envidia.

Robledo la miraba fijamente. Era Elena; ya no podía dudar. Y sin embargo, no quedaba nada en su persona de la mujer conocida en otros tiempos. Los últimos doce años habían pasado sobre ella más que una existencia entera reposada y ordinaria, transfigurándola en sentido decadente.

Si él había podido reconocerla, era porque, al vivir tanto tiempo en el mismo lugar solitario y monótono, sus impresiones antiguas se mantenían vivas, con la incesante renovación del recuerdo, sin que otras las sofocasen bajo su paso. En cambio, ella había vivido tan aprisa y visto tantos hombres, que le era imposible acordarse del español. Le sería necesario para ello una enérgica concentración de su memoria. Además, el ingeniero también se había desfigurado con los años.

Sin embargo, ella, por instinto profesional, presintió que no era la primera vez que estaba junto á este hombre. Sus sentidos de mujer de presa y de hembra perseguida, obligada á defenderse y viviendo en perpetua inquietud, parecieron avisarla.

—Yo creo—dijo—que nos hemos visto otra vez, pero no puedo acordarme dónde, por más que pienso. ¡He corrido tantos países!… ¡he conocido tantos hombres!…

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