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Robledo la miró con severidad, al mismo tiempo que preguntaba bruscamente:
—¿Cómo se llama usted?
Ella pensaba en otra cosa, con los ojos fijos en el whisky, y contestó, distraída:
—Me llamo Blanca, y algunos me apodan «la Marquesa». ¿Me permite usted que tome otra copa?… Después, en mi casa, no tendremos una botella como ésta. Porque supongo que iremos á mi casa… Está muy cerca… A no ser que usted prefiera el hotel.
Interpretando la mirada impasible del hombre como una aprobación, se apresuró á servirse una tercera copa, paladeando su contenido, mientras la sostenía con mano temblona. La interrumpió Robledo, diciendo lentamente:
—Usted se llama Elena, y si la apodan «la Marquesa», es porque alguien la conoció cuando estaba casada con un marqués italiano.
Fué tal la sorpresa de la mujer, que apartó sus labios del licor, mirando á Robledo con ojos desmesuradamente abiertos.
—Desde que le oí hablar—dijo—tuve el presentimiento de que usted me conocía.
Maquinalmente dejó la copa sobre la mesa. Luego se arrepintió, apresurándose á beberla de golpe.