—Un héroe; un superhombre del desierto, que allá en las pampas de la
Argentina ha matado leones, tigres y elefantes.
Robledo puso cara de espanto al oir tales disparates, pero la condesa no estaba para reparar en escrúpulos geográficos.
—Cuando me haya contado todas sus hazañas—continuó—, escribiré un poema épico, de carácter moderno, relatando en verso las aventuras de su vida. A mí, los hombres sólo me interesan cuando son héroes…
Y otra vez Robledo puso cara de asombro.
Como la condesa no veía ya cerca de ella más invitados á quienes presentar su héroe, lo condujo á un gabinete completamente solitario, sin duda á causa de los olores que á través de un cortinaje llegaban de la cocina, demasiado próxima.
Ocupó un sillón amplio como un trono, é invitó á sentarse á Robledo. Pero cuando éste buscaba una silla, la Titonius le indicó un taburete junto á sus pies.
—Así lograremos que sea mayor nuestra intimidad. Parecerá usted un paje antiguo prosternado ante su dama.
No podía ocultar Robledo el asombro que le causaban estas palabras, pero acabó por colocarse tal como ella quería, aunque el asiento le resultase molesto, á causa de su corpulencia.
Copiaba la Titonius los gestos pueriles y el habla ceceante de su amiga; pero estas imitaciones infantiles resultaban en ella extremadamente grotescas.
—Ahora que estamos solos—dijo—, espero que hablará usted con más libertad, y vuelvo á hacerle la misma pregunta del otro día: ¿Qué opina usted del amor?