Quedó sorprendido Robledo, y al final balbuceó:
—¡Oh, el amor!… Es una enfermedad… eso es: una enfermedad de la que vienen ocupándose las gentes hace miles de años, sin saber en qué consiste.
La condesa se había aproximado mucho á él, á causa de su miopía, prescindiendo del auxilio de unos impertinentes de concha que guardaba en su diestra. Inclinándose sobre el emballenado hemisferio de su vientre, casi juntaba su cara con la del hombre sentado á sus pies.
—¿Y cree usted—prosiguió—que un alma superior y mal comprendida, como la mía, podrá encontrar alguna vez el alma hermana que le complete?…
Robledo, que había recobrado su tranquilidad, dijo gravemente:
—Estoy seguro de ello… Pero todavía es usted joven y tiene tiempo para esperar.
Tal fué su arrobamiento al oir esta respuesta, que acabó por acariciar el rostro de su acompañante con los lentes que tenía en una mano.
—¡Oh, la galantería española!… Pero separémonos; guardemos nuestro secreto ante un mundo que no puede comprendernos. Leo en sus ojos el deseo ardiente… ¡conténgase ahora! Yo procuraré que nuestras almas vuelvan á encontrarse con más intimidad. En este momento es imposible… Los deberes sociales… las obligaciones de una dueña de casa…
Y después de levantarse del sillón-trono con toda la pesadez de su volumen, se alejó imitando la ligereza de una niña, no sin enviar antes á Robledo un beso mudo con la punta de sus lentes.
Desconcertado por esta agresividad pasional, y ofendido al mismo tiempo porque creía verse en una situación grotesca, el ingeniero abandonó igualmente el solitario gabinete.