—Quieren llevarme á la cárcel—dijo con voz doliente—. Yo, que nunca he hecho mal á los demás, no comprendo por qué se encarnizan de tal modo conmigo.

En vano intentó Robledo consolarle.

—¡Qué vergüenza!-siguió diciendo—. Jamás he temido á nadie, y sin embargo, no puedo sostener la mirada de los que me rodean. Hasta cuando me habla mi ayuda de cámara bajo los ojos, temiendo ver los suyos… ¡Qué dirán de mí en mi propia casa!

Luego añadió, encogido y humilde, como si hubiese retrocedido á los años de su infancia:

—Tengo miedo de salir. Tiemblo sólo de pensar que puedo ver á las mismas personas que he encontrado tantas veces en los salones, y me será preciso explicarles mi conducta, sufrir sus miradas irónicas, sus palabras de falsa lástima.

Calló, para añadir poco después con admiración:

—Elena es más valiente. Esta mañana, después de leer los periódicos, pidió el automóvil para ir no sé dónde. Debe estar haciendo visitas. Me dijo que era preciso defenderse… Pero ¿cómo voy á defenderme si es verdad que he autorizado con mi firma esos informes sobre negocios que no conozco?… Yo no sé mentir.

Robledo intentó en vano infundirle confianza, como en la noche anterior. Su optimismo carecía ya de fuerzas para rehacerse.

—También mi mujer cree, como tú, que esto puede arreglarse. Ella se siente tan segura de su influencia, que nunca llega á desesperar. Tiene en París muchas amistades; le quedan muchas relaciones de familia. Se ha ido esta mañana jurando que conseguirá desbaratar las tramas de mis enemigos… Porque ella supone que tenemos muchos enemigos y esos son los que intentan perderme, buscando un pretexto en la quiebra de Fontenoy… Elena sabe de todo más que yo, y no me extrañaría que consiguiese hacer cambiar la opinión de los periódicos y la del mismo juez, desvaneciendo esas amenazas disimuladas de proceso y de cárcel.

Se estremeció al pronunciar la última palabra.