—¡La cárcel!… ¿Ves tú, Manuel, á un Torrebianca en la cárcel?… Antes de que eso ocurra, apelaré al medio más seguro para evitar tal vergüenza.
Y recobraba su antigua energía vibrante y nerviosa, como si en su interior resucitasen todos sus antepasados, ofendidos por la amenaza.
Robledo se alarmó al ver la luz azulenca que pasaba por las pupilas de su amigo, igual al resplandor fugaz de una espada cimbreante.
—Tú no puedes hacer ese disparate—dijo—. Vivir es lo primero. Mientras uno vive, todo puede arreglarse bien ó mal. Con la muerte sí que no hay arreglo posible… Además, ¡quién sabe!… Tal vez no te equivocas en lo que se refiere á tu mujer, y ella pueda llegar á influir en el arreglo de tu situación. Cosas más difíciles se han visto.
Al salir de la biblioteca encontró Robledo á varias personas sentadas en el recibimiento y aguardando pacientemente. El ayuda de cámara, con una confianza extemporánea y molesta para él, murmuró:
—Esperan á la señora marquesa… Les he dicho que el señor había salido.
No añadió más el criado; pero la expresión maliciosa de sus pupilas le hizo adivinar que los que esperaban eran acreedores.
El suicidio del banquero había dado fin al escaso crédito que aún gozaban los Torrebianca. Todas aquellas gentes debían saber que Fontenoy era el amante de la marquesa. Por otra parte, la quiebra de su Banco privaba al marido de los empleos que servían aparentemente para el sostenimiento de una vida lujosa.
Comprendió ahora que su amigo tuviese miedo y vergüenza de ver á los que le rodeaban en su propia casa y permaneciese aislado en su biblioteca.
A media tarde habló por teléfono con él. Elena acababa de regresar de su correría por París, mostrándose satisfecha de sus numerosas visitas.