Se dejó acariciar el marqués, sonriendo humildemente, con una expresión de gratitud que recordaba la de un perro fiel y bueno. Elena acabó por separarse de su marido; pero antes de salir de la biblioteca hizo un gesto como si recordase algo de poca importancia, y detuvo su paso para hablar.
—¿Tienes dinero?…
Cesó de sonreir Torrebianca y pareció preguntarle con sus ojos: «¿Qué cantidad deseas?»
—Poca cosa. Algo así como ocho mil francos.
Un modisto de la rue de la Paix empezaba á faltarle al respeto por esta deuda, que sólo databa de tres años, amenazándola con una reclamación judicial. Al ver el gesto de asombro con que su marido acogía esta demanda, fué perdiendo la sonrisa pueril que dilataba su rostro; pero todavía insistió en emplear su voz de niña para gemir con tono dulzón:
—¿Dices que me amas, Federico, y te niegas á darme esa pequeña cantidad?…
El marqués indicó con un ademán que no tenía dinero, mostrándole después las cartas de los acreedores amontonadas en la bandeja de plata.
Volvió á sonreir ella; pero ahora su sonrisa fué cruel.
—Yo podría mostrarte—dijo—muchos documentos iguales á esos… Pero tú eres hombre, y los hombres deben traer mucho dinero á su casa para que no sufra su mujercita. ¿Cómo voy á pagar mis deudas si tú no me ayudas?…
Torrebianca la miró con una expresión de asombro.