—Te he dado tanto dinero… ¡tanto! Pero todo el que cae en tus manos se desvanece como el humo.
Se indignó Elena, contestando con voz dura:
—No pretenderás que una señora chic y que, según dicen, no es fea, viva de un modo mediocre. Cuando se goza el orgullo de ser el marido de una mujer como yo hay que saber ganar el dinero á millones.
Las últimas palabras ofendieron al marqués; pero Elena, dándose cuenta de esto, cambió rápidamente de actitud, aproximándose á él para poner las manos en sus hombros.
—¿Por qué no le escribes á la vieja?… Tal vez pueda enviarnos ese dinero vendiendo alguna antigualla de tu caserón paternal.
El tono irrespetuoso de tales palabras acrecentó el mal humor del marido.
—Esa vieja es mi madre, y debes hablar de ella con el respeto que merece. En cuanto á dinero, la pobre señora no puede enviar más.
Miró Elena á su esposo con cierto desprecio, diciendo en voz baja, como si se hablase á ella misma:
—Esto me enseñará á no enamorarme más de pobretones… Yo buscaré ese dinero, ya que eres incapaz de proporcionármelo.
Pasó por su rostro una expresión tan maligna al hablar así, que su marido se levantó del sillón frunciendo las cejas.