—Piensa lo que dices… Necesito que me aclares esas palabras.
Pero no pudo seguir hablando. Ella había transformado completamente la expresión de su rostro, y empezó á reir con carcajadas infantiles, al mismo tiempo que chocaba sus manos.
—Ya se ha enfadado mi cocó. Ya ha creído algo ofensivo para su mujer… ¡Pero si yo sólo te quiero á ti!
Luego se abrazó á él, besándole repetidas veces, á pesar de la resistencia que pretendía oponer á sus caricias. Al fin se dejó dominar por ellas, recobrando su actitud humilde de enamorado.
Elena lo amenazaba graciosamente con un dedo.
—A ver: ¡sonría usted un poquito, y no sea mala persona!… ¿De veras que no puedes darme ese dinero?
Torrebianca hizo un gesto negativo, pero ahora parecía avergonzado de su impotencia.
—No por ello te querré menos—continuó ella—. Que esperen mis acreedores. Yo procuraré salir de este apuro como he salido de tantos otros. ¡Adiós, Federico!
Y marchó de espaldas hacia la puerta, enviándole besos hasta que levantó el cortinaje.
Luego, al otro lado de la colgadura, cuando ya no podía ser vista, su alegría infantil y su sonrisa desaparecieron instantáneamente. Pasó por sus pupilas una expresión feroz y su boca hizo una mueca de desprecio.