Empezó á reir Elena, olvidando con una facilidad asombrosa las angustias del presente.

—Yo siempre he adorado los viajes—dijo con entusiasmo—. Montaré á caballo, cazaré fieras, arrostraré grandes peligros. Voy á vivir una existencia más interesante que la de aquí; una vida de heroína de novela.

El español la miró como espantado de su inconsciencia. Ya no se acordaba de Fontenoy. Parecía haber olvidado igualmente que aún estaba en París, y de un momento á otro la policía podía entrar en la casa para llevarse á su marido.

Le alarmó también la enorme distancia entre la existencia real de los que colonizan las soledades de América y las ilusiones novelescas que se forjaba esta mujer.

Torrebianca les interrumpió con palabras de desaliento, como si juzgase imposible la realización del plan de su amigo.

—Para marcharnos, necesitamos pagar antes lo que debemos. ¿Dónde encontrar dinero?…

Su esposa volvió á reir, haciendo al mismo tiempo gestos de estrañeza.

—¡Pagar!… ¿Quién piensa en eso? Los acreedores esperarán. Yo encuentro siempre una palabra oportuna para ellos… Ya les pagaremos desde América cuando tú seas rico.

Obsesionado por sus escrúpulos, el marqués insistió en ellos con una tenacidad caballeresca.

—No saldré de aquí sin que hayamos pagado á lo menos nuestra servidumbre. Además, necesitamos dinero para el viaje.