Hubo un largo silencio; y el marido, que seguía pensativo, dijo de pronto, como si hubiese encontrado una solución:

—Por suerte, tenemos tus joyas. Podemos venderlas antes de embarcarnos.

Miró Elena irónicamente el collar y las sortijas que llevaba en aquel momento.

—No llegarán á dar dos mil francos por éstas ni por las otras que guardo. Todas falsas, absolutamente falsas.

—Pero ¿y las verdaderas?—preguntó, asombrado, Torrebianca—. ¿Y las que compraste con el dinero que te enviaron muchas veces de tus propiedades en Rusia?

Robledo creyó oportuno intervenir para que no se prolongase este diálogo peligroso.

—No quieras saber demasiado, y hablemos del presente… Yo pagaré á tus domésticos; yo costearé el viaje de los dos.

Elena le tomó ambas manos, murmurando palabras de agradecimiento. Torrebianca, aunque conmovido por esta generosidad, insistía en no aceptarla; pero el español cortó sus protestas.

—Vine á París con dinero para seis meses, y me iré á las cuatro semanas; eso es todo.

Después añadió con una desesperación cómica: