Primeramente echó pie á tierra el marqués de Torrebianca para dar la mano á su esposa. Ésta vestía un lujoso abrigo de viaje, cuya originalidad chocaba violentamente con todo lo que existía en torno de ella.

Se mostraba muy seria, con el gesto duro de sus malos momentos. Miraba á un lado y á otro con extrañeza y disgusto. A pesar del amplio velo que defendía su cara, el polvo rojizo del camino había cubierto sus facciones y su cabellera. Sus ojos delataban una gran desesperación y todo en su persona parecía gritar: «¿Dónde he venido á caer?»

—Ya llegamos—dijo Robledo alegremente—. Dos días y dos noches de ferrocarril desde Buenos Aires y un par de horas de coche á través de una tempestad de polvo, no es mucho. Más lejos está el fin del mundo.

Varios hombres de los que habían saludado á Robledo dándole la mano empezaron á descargar espontáneamente las maletas amontonadas en el techo y el interior de la diligencia.

Una doncella de la marquesa había enviado de París á Barcelona este equipaje, que representaba los últimos restos del gran naufragio de los Torrebianca.

En torno á Elena se fué formando un corro de chiquillos y pobres mujeres, en su mayor parte mestizas, contemplándola todos con asombro y admiración, como si fuese un ser de otro planeta que acababa de caer en la tierra. Algunas muchachitas tocaron disimuladamente la tela de su vestido, para apreciar mejor su finura.

Fueron acudiendo, atraídos por el suceso, los principales personajes del campamento, y el español hizo la presentación de sus amigos Canterac, Pirovani y Moreno.

Al ver Watson que los hombres que habían cargado con los equipajes los metían en su vivienda, buscó á Robledo apresuradamente.

—Pero ¿esa señora tan elegante va á vivir con nosotros?…

—Esa señora—contestó el español—es la esposa de un compañero que viene á participar de nuestra suerte. No vamos á construir un palacio para ella.