Le fué imposible á la recién llegada ocultar su desaliento al recorrer las diversas piezas de la casa de los dos ingenieros, que iba á ser en adelante la suya. Las paredes eran de madera, los muebles pocos y rústicos, y mezclados con ellos vió sillas de montar, aparatos de topografía, sacos de comestibles. Todo estaba revuelto y sucio en esta vivienda dirigida por hombres distraídos á todas horas por las preocupaciones de su trabajo.

Torrebianca sonreía con una amabilidad humilde, aceptando las explicaciones de su amigo. Todo lo que éste hiciese le parecía bien y digno de agradecimiento.

—He aquí nuestra servidumbre—dijo Robledo.

Y presentó á una mestiza gorda y entrada en años, la criada principal, dos pequeños mestizos descalzos, que llevaban los recados, y un español rústico, encargado de la caballeriza. Esta gente mal pergeñada fué manifestando con sonrisas interminables la admiración que sentía ante la hermosa señora, y Elena acabó por reir también, nerviosamente, al recordar los domésticos que había dejado en París.

Después de la cena, Robledo, que deseaba enterarse de la marcha de los trabajos, habló á solas con su consocio. Éste le fué enseñando los planos y otros papeles.

—Antes de seis meses—añadió Watson—podremos regar nuestras tierras, según afirma Canterac, y dejarán de ser una llanura estéril.

Robledo mostró su contento.

—Un verdadero paraíso va á surgir, gracias á nuestro trabajo, de este suelo que sólo produce ahora matorrales. Miles de personas encontrarán aquí una existencia mejor que en el viejo mundo. Usted y yo, querido Ricardo, vamos á ser enormemente ricos y haremos al mismo tiempo un gran bien. La vida es así. Para que se realice un progreso, es necesario que este progreso empiece por enriquecer á alguien egoístamente.

Quedaron los dos silenciosos, con la mirada vaga, como si contemplasen en su imaginación el aspecto que iban á ofrecer las tierras yermas después de varios años de riego. Vieron campos eternamente verdes, canales rumorosos en los que el agua parecía reir, caminos orlados de altos árboles, casitas blancas… Watson pensaba en los jardines frutales de California, y Robledo en la huerta de Valencia.

El norteamericano fué el primero que salió de esta abstracción, señalando mudamente la pieza inmediata, donde se habían instalado los recién llegados.