Dormitaba Torrebianca en ella ocupando un sillón de lona. Su esposa, sentada en otro sillón, tenía la frente entre las manos, en una actitud trágica. Persistía en su pensamiento la misma pregunta desesperada: «¿Dónde he venido á caer?…»

Durante los días pasados en Buenos Aires, encontró tolerable su destierro. Era una gran ciudad á la europea, en la que había que buscar tenazmente algún rincón de la antigua vida colonial para convencerse de que se había llegado á América. Experimentaba la extrañeza de vivir en un hotel mediocre y carecer de automóvil. Aparte de esto, su existencia no había experimentado ningún sacudimiento… ¡Pero el viaje, después, por llanuras interminables, en las que el tren marchaba horas y horas sin encontrar una persona ni una casa, como sobre si la superficie del mundo se hubiese creado el vacío!… ¡La llegada á esta tierra remota, en la que la rueda ó el pie levantaban al avanzar nubes de polvo, y los órganos respiratorios se obstruían con la tierra disuelta en el aire, y todas las gentes tenían un aspecto de abandono, lo que no evitaba que tratasen á los demás con molesto compañerismo, como si se considerasen iguales, al vivir lejos de los otros grupos humanos!… ¡Ay! ¡Dónde había venido á caer!…

Robledo, adivinando el pensamiento de Watson, contestó á su muda pregunta:

—Mi amigo nos ayudará como ingeniero. No debe usted preocuparse de él. Yo le daré una participación en nuestro negocio, pero será de lo que á mí me corresponde.

El joven, después de escuchar el relato de las desgracias de Torrebianca, tales como Robledo creyó prudente darlas á conocer, se limitó á decir:

—Ya que el amigo de usted viene á trabajar con nosotros, exijo que su parte se saque por igual de lo que nos corresponde á usted y á mí. Me parece una persona excelente y quiero ayudarle. Además, su esposa me da lástima.

Le estrechó la mano Robledo, agradeciendo su generosa resolución, y ya no hablaron más de este asunto.

Desde la mañana siguiente, Elena, que tenía cierta facilidad para adaptarse á las diversas situaciones de su existencia, se mostró laboriosa y emprendedora. Quiso conquistar la admiración de aquellos hombres por sus talentos domésticos, lo mismo que semanas antes pretendía distinguirse en los salones por otros méritos menos humildes. Vistiendo un traje de corte sastre que ella había desechado en París y asombraba aquí á todos por su elegancia, se dedicó con los guantes puestos á la limpieza y arreglo de la casa, marchando al frente de la mestiza gorda y sus dos acólitos.

Cuando intentaba predicarles con el ejemplo, se hacía visible inmediatamente su torpeza para esta clase de trabajos. Otras veces quedaba vacilante, no sabiendo cómo se hacía lo que acababa de ordenar, y era indispensable una intervención de la mestiza para sacarla del apuro.

En la cocina, una gran lámpara, alimentada con la misma esencia de los motores que perforaban el suelo, servía para los guisos. Elena, animada por la facilidad con que podía apagarse y encenderse este fogón, quiso intervenir en los preparativos culinarios. Pero hubo de resignarse igualmente á reconocer la superioridad de la doméstica cobriza, riendo al fin de su ineptitud para los trabajos domésticos.