Queriendo hacer algo, se quitó los guantes é intentó lavar los platos; pero inmediatamente volvió á ponérselos temiendo que el agua fría perjudicase la finura de sus dedos y el brillo de sus uñas. Precisamente, en los momentos de desesperación por su nueva existencia, lo único que le proporcionaba cierto alivio era contemplar melancólicamente sus manos.
Torrebianca, vistiendo un traje de campo, fué con Watson y Robledo á visitar los canales, enterándose del curso de los trabajos, hablando familiarmente con los peones, examinando el funcionamiento de las máquinas perforadoras.
Poco después estaba sucio de polvo de la cabeza á los zapatos, y sus manos sintieron una comezón dolorosa al empezar á curtirse; pero conoció al mismo tiempo la alegre confianza del que cuenta con un medio seguro de ganar su vida.
Cerrada ya la noche, volvían diariamente los tres ingenieros á su vivienda, donde encontraban la mesa puesta. Al principio se lamentó Elena de la rusticidad de los platos y los cubiertos. Por iniciativa suya, trajo la mestiza del «Almacén del Gallego» varios objetos baratos, procedentes de Buenos Aires. Con esto y unas cuantas hierbas ligeramente floridas, que los dos pajes cobrizos iban á buscar en la ribera del río, la mesa presentaba cada vez mejor aspecto. Se iba notando en la casa la presencia de una mujer hermosa y elegante.
Una noche, mientras la cocinera traía el primer guiso, Elena se despojó de una salida de teatro, que por ser algo vieja prestaba servicios de bata. Al desprenderse de esta envoltura apareció descotada, con un traje de fiesta un poco ajado, pero todavía brillante, recuerdo de sus tiempos felices.
Watson la miró con asombro, y Robledo hizo un gesto disimulado, llevándose un dedo á la frente para indicar que la creía algo loca.
El marqués permaneció impasible, como si nada de su mujer pudiera causarle extrañeza.
—Siempre he comido con traje descotado—dijo Elena—, y no veo la razón de modificar aquí mis costumbres. Sería para mí un tormento.
Después de la cena se desarrollaban largas conversaciones, en las cuales la parte mayor correspondía á Robledo. Éste hablaba con predilección de los hombres de vida interesante que había visto desfilar por «la tierra de todos». Muchos de ellos llevaban corrido casi todo el planeta antes de llegar á la Patagonia; otros acababan de huir de Europa, ansiosos de aventuras, para forjarse una nueva existencia.
Al desembarcar en Buenos Aires les salían al encuentro los mismos obstáculos del mundo que dejaban á sus espaldas. La gran ciudad era ya vieja para ellos; abundaban los pobres en sus tugurios llamados «conventillos»; resultaba tan difícil ganarse la vida en esta metrópoli como en Europa. Algunas veces aún era mayor la dificultad que en el antiguo continente, por la gran concurrencia de profesionales llegados de todas partes… Y se esparcían hacia los sitios más apartados de la República, invadiendo los territorios todavía desiertos, donde se estaban realizando obras preparatorias para la instalación de las inmigraciones futuras.