Elena miró risueñamente el nuevo traje del contratista, agradeciendo al mismo tiempo su regalo con remilgos y coqueterías.

A continuación se presentó Moreno luciendo zapatos de charol, chaqué de largos faldones y sombrero duro, lo mismo que si estuviera en la capital y fuese á visitar al ministro.

Robledo, que se había despabilado, mostró una admiración irónica.

—¡Qué elegante!…

—Tuve miedo—contestó el oficinista—de que el chaqué se me apolillase en el cofre, y lo he sacado á tomar el aire.

Después se acercó con timidez á Elena. «¡Buenas noches, señora marquesa!» Y le besó la mano, imitando la actitud de los personajes elegantes admirados por él en comedias y libros.

Ya no quiso separarse de la dueña de la casa, iniciando una conversación aparte, que pareció indignar á Pirovani. Al fin éste se levantó de su silla, necesitando protestar de tan descomedido acaparamiento, y dijo á Robledo:

—¡Ha visto usted cómo viene vestido ese muerto de hambre!…

No habían terminado aún las sorpresas de aquella noche: faltaba la más extraordinaria.

Se abrió la puerta para dar paso á Canterac; pero éste permaneció inmóvil en el quicio algunos momentos, deseoso de que todos le viesen bien.