Llegó Ricardo adonde estaba la joven, teniendo aún el lazo apretado sobre sus hombros. Podía haberse desprendido de él, continuando su camino; pero se mostraba indignado por semejante broma y prefería hablar inmediatamente á la revoltosa muchacha.

—Venga usted aquí—dijo ella sonriendo, mientras recogía dulcemente casi toda la cuerda—. ¿Cómo se atreve á ir con esa… mujer, sin pedirme antes permiso?

El ingeniero contestó con una voz hostil:

—Usted no tiene ningún derecho sobre mí, señorita Rojas, y yo puedo ir con quien quiera.

Palidecio Celinda al notar el tono inesperado con que le hablaba el joven; pero se repuso de esta mala impresión, recobrando su jovialidad. Después dijo, imitando la voz grave del otro:

—Señor Watson: yo tengo sobre usted el derecho indiscutible de que su persona me interesa, y no puedo tolerar que vaya mal acompañado.

El norteamericano, vencido por la cómica seriedad con que dijo ella estas palabras, acabó por reir. Celinda rió también.

—Ya conoce usted mi carácter, gringuito… No me da la gana que vaya con esa mujer. Además, es demasiado vieja para usted… Júreme que me obedecerá. Sólo así puedo dejarle libre.

Watson juró solemnemente con una mano en alto, mientras hacía esfuerzos por mantenerse serio, y ella le sacó el lazo de los hombros. Después guiaron sus caballos en dirección opuesta á la que habían seguido Elena y su cortejo de jinetes.

A partir del día en que el ingeniero francés mostró á la marquesa las obras realizadas en el río, haciendo alarde de su autoridad sobre los trabajadores, Pirovani se sintió humillado y deseoso de tomar el desquite.