Después de la llegada de los marqueses de Torrebianca sus predilecciones literarias, indeterminadas hasta entonces, se concretaron en pro de las fábulas que se desarrollan en un ambiente aristocrático, teniendo por héroes á personajes del llamado gran mundo.

Él podía juzgar ahora idóneamente de la verosimilitud de tales historias, pues se rozaba con personas de la más alta sociedad de París.

Algunas veces cesaba de leer y ponía su mirada en el techo con una expresión de éxtasis. El deseo parecía cantar dentro de su cráneo:

«¡Ser héroe de novela!… ¡Verse amado por una gran señora!»

Una tarde, cuando menos lo esperaba, Moreno vió llegar frente á su casa al ingeniero Canterac montado á caballo. A tales horas estaba siempre vigilando las obras del dique. Algo muy importante debía ocurrir para que el capitán viniera á buscarle.

Se acercó el jinete á la ventana junto á la cual leía el oficinista y dió la mano á éste inclinándose sobre su montura. Teniendo por inútiles los preámbulos, dijo inmediatamente, con una sequedad militar:

-He venido á verle cuanto antes para que pueda aprovechar el correo de hoy… Quiero hacer un obsequio á la marquesa. La pobre carece de todo en este desierto, y como usted recordará, nos habló hace poco de lo qué sufre por no tener aquí perfumería de París.

El ingeniero sacó de un bolsillo varios papeles para dárselos á
Moreno.

—Es un extracto de todos los catálogos de Buenos Aires que ha podido proporcionarme el gallego del boliche. Por cierto que tardó mucho en encontrarlos. Debía habérmelos entregado hace tres días, para que usted aprovechase el otro tren… Pero, en fin, vamos á lo que importa. Como usted tiene tantas amistades en Buenos Aires, escriba allá para que envíen todo eso, y descuénteme su importe de mi sueldo de este mes.

Moreno tomó los papeles, haciendo signos afirmativos.