«Debe ser un pedido de herramientas muy urgentes para el trabajo…
También es posible que me envíe por dinero…»

Al ver que Pirovani se había metido en su casa, no quiso buscar mentalmente nuevas explicaciones y abrió el sobre que acababa de recibir, empezando á leer su contenido en medio de la calle.

Sus ojos pasaron por varios renglones, sin comprenderlos.

«Una docena de frascos de «Jardín Encantado».

«Idem ídem de «Ninfas y Ondinas».

«Seis docenas de cajas de jabón «Claro de Luna».

El capataz continuó la lectura de las diversas hojas que componían el cuaderno. Al fin empezó á entender su texto, y esta comprensión sirvió para aumentar su asombro, ¡Y para eso le enviaban á Buenos Aires, con orden de volver inmediatamente!…

—¡Padre San Francisco!—murmuró—. Esto no puede ser para una sola hembra. Esto es para todo el harén del Gran Turco.

Pero como le placía el viaje á Buenos Aires, aunque sólo quedase allá unas horas, montó á caballo alegremente, saliendo á todo galope para no llegar tarde á la estación.

De todos los que visitaban por la noche á la marquesa de Torrebianca, el más tranquilo en apariencia era Moreno. Como sus trabajos administrativos sólo le ocupaban verdaderamente una vez por semana, pasaba el resto de ella leyendo en la casita de madera donde tenía su oficina. Era un lector ávido é incansable, capaz de tragarse una novela cada veinticuatro horas, y á veces dos. Su afición á los relatos novelescos de todas clases era antigua; pero se había exacerbado en la Presa á causa de las largas horas de soledad. Todos se iban á trabajar en las inmediaciones del pueblo, dejándolo solo en su rústico despacho.