—No tema usted. Una mujer que no ha nacido ayer y conoce el mundo, como yo lo conozco, no va á comprometerse y á hacer locuras por esos.
Y abarcó en una mirada irónica á sus tres pretendientes, que seguían al lado del marqués.
—Yo no supongo nada—dijo Robledo en el mismo tono—. Veo lo presente, como vi otras cosas en París… y me da miedo el porvenir.
Quedó indecisa Elena mirando á su interlocutor, como si dudase entre continuar riendo ó mostrarse enfadada. Al fin habló con el tono grave de una persona ofendida:
—No me considero mejor ni peor que otras. Soy simplemente una mujer que nació para vivir en la abundancia y en el lujo, y jamás ha encontrado un compañero capaz de darle lo que le corresponde.
Se miraron en silencio largo rato, y ella añadió:
—Los que me desearon no pudieron proporcionarme cuanto necesito para mi vida, y los que hubieran podido satisfacer mis deseos nunca se fijaron en mí.
Bajó la cabeza como desalentada, murmurando contra su destino.
—Usted no sabe qué vida ha sido la mía. Necesito la riqueza; es algo indispensable para mi existencia, y he pasado lo mejor de mi juventud corriendo inútilmente tras de ella. Cuando imaginé tenerla entre mis manos, la vi desvanecerse, para reaparecer más lejos, obligándome á una nueva carrera… ¡Y así ha sido siempre!
Calló un instante, concentrando su pensamiento, para añadir con el mismo tono que si hiciera una confesión: